LA ALABANZA: RÍO DE VIDA

¡Alaben al Señor, todas las naciones,

glorifíquenlo, todos los pueblos!

Porque es inquebrantable su amor por nosotros,

y su fidelidad permanece para siempre. ¡Aleluya!

(Salmo 117)

¿QUÉ ES LA ALABANZA? ¿QUÉ ES ALABAR A DIOS?

La alabanza, que debería ser algo tan familiar a toda persona que se precie de cristiano, es, sin embargo, un tema desconocido para muchos hermanos cristianos, que transcurren por la vida sin poner en práctica esta poderosa oración que da inicio en la tierra y se prolonga por toda la eternidad.

El significado etimológico de la palabra “alabanza”, la encuentro en el diccionario de la Real Academia Española que dice: “Alabar es elogiar con palabras, enaltecer, loar, celebrar con palabras ” . Según este concepto del término alabanza, pienso que sí, que yo he alabado mucho a lo largo de mi vida, pero esa alabanza fue dirigida a mi equipo de fútbol, a mi cantante favorito, a la señorita de turno del boom televisivo, y pienso en tantos elogios que en todos los casos he pronunciado a estos “elementos del mundo”. Luego, medito en Dios y me pregunto: ¿Y a ti, Señor, cuándo te he alabado?……. Es triste, pero es verdad: gastamos gran parte de nuestra vida pronunciando adjetivos calificativos y apreciaciones grandilocuentes a personas o cosas del mundo y mortales; y al Señor verdadero, Creador de todo lo que existe,  ¿cuándo lo alabo?, ¿qué recibe de mi parte?….

La oración de alabanza es la que brota de adentro de cada persona, quien va sacando y expresando todo lo que el Señor le pone en su corazón. Es una oración vocal. Es espontánea, porque no se repiten oraciones prefabricadas.

Alabar a Dios, es celebrarlo por lo que Él es, fundamentalmente porque Él es Creador, Señor, Salvador y Padre. Precisamente, el Catecismo de la Iglesia Católica nos dice en el punto nº 2639 : La alabanza es la forma de orar que reconoce de la manera más directa que Dios es Dios,  le canta por Él mismo, le da gloria no por lo que hace sino por lo que El es.

Alabar a Dios es describirlo. Precisamente, no se alaba, porque no sabemos describirlo. Te darás cuenta de esto en un simple ejercicio.   Si yo te digo por ejemplo la palabra “casa” y te pido que la describas, que digas elementos que se relacionen con esa palabra, seguramente tú dirás –y a ritmo veloz-: hogar, cama, cocina, puerta, mesa, etc. Y si por ejemplo te digo que describas “auto”, automáticamente las asociarás con palabras tales como: volante, rueda, espejo, motor, etc.  Pero si te digo “DIOS”……………., seguramente harás un buen silencio. Esos puntos suspensivos también están en mi mente porque no sé como describirlo o por dónde comenzar. Muy probablemente porque no lo conozco lo suficiente. Y no lo conozco porque no tengo un encuentro diario y personal con Él en la oración, ni me pongo bajo el calor del fuego del Espíritu Santo que me guía y me ilumina.

Alabar a Dios es el mejor camino para conocerlo. Mientras más lo alabo, más entro en su presencia. La alabanza es una gracia de Dios que debe ser pedida y anhelada. Precisamente, el Espíritu Santo que es el Maestro de la oración cristiana (Cat. 2672) es a quién debemos invocar en todo momento para que nos enseñe cómo alabar en Espíritu y en Verdad  a nuestro Creador.

La alabanza es la profesión de la eternidad, y el Salmo 145 en el verso 21 lo confirma:

“Mi boca proclamará la alabanza del Señor, que todos los vivientes bendigan su santo Nombre desde ahora y para siempre ”

Ya el profeta Isaías lo había anticipado:

“Dios nos ha creado y nos ha hecho sus hijos para que le alabemos”.  (Is. 43, 21)

¿CUÁNDO ALABARLO?

 

Aprovecha este momento. No malgastes tu tiempo. Si no lo has hecho hasta hoy, puedes comenzar ahora mientras te das cuenta que respiras y que late tu corazón, ya que como dice el Salmo 150, 6:“Todo lo que respire alabe al Señor”.  

A Dios debemos alabarlo solo en dos oportunidades:cuando tengo ganasycuando no tengo ganas, es decirsiempre. Debe ser una actitud de vida y no un hecho aislado, y recuerda siempre que cuando lo alabamos no estamos solos, sino que estamos unidos a la alabanza de la Iglesia terrena, purgante y triunfante; se alaba con los ángeles, con los santos y con nuestros seres queridos que ya están en presencia del Señor. Y de esto no te tengas la menor duda, porque ellos –que ya gozan en la alabanza eterna ante el Altísimo-  son los más interesados en que no dejes de alabar a Dios e interceden por ti sin cesar.

Alabar a Dios es reconocer su presencia en todos los acontecimientos de nuestra vida, tanto en los felices como en los momentos desdichados. Qué lindo es alabarlo cuando todo va bien, cuando tengo salud, trabajo, cuando parece que la vida me sonríe, pero qué difícil se hace cuando sufro un fracaso, un infortunio o la pérdida de un ser querido. Pero en estas circunstancias debo darme cuenta que tengo que alabarlo no por esas desgracias, sino porque El está conmigo acompañándome: Él estuvo allí siempre, compartiendo mi padecimiento cuando me sentía solo, abandonado o sufriente.

Citando a la predicadora laica Nelly Astelli, recuerdo que ella en su libroSalvar lo que estaba perdido, hablando sobre alabanza -en función a su vasta experiencia en evangelización-, decía que frente a un suceso desdichado, podemos adoptar dos actitudes:

  • Escoger la vía del resentimiento y de la amargura, y abrir de esta manera nuestro corazón al enemigo (las consecuencias de esta opción se manifestarán por la presencia del pecado, del odio, de un espíritu de muerte), o
  • Elegir alabar a Dios y realizar de este modo su voluntad. Y si llegamos a vivir estos momentos difíciles en alabanza, haremos un aprendizaje lleno de bendiciones y purificaciones.

Se trata entonces, de alabar a Dios no solamente porque Él es capaz de modificar una determinada situación, sino porque el solo hecho de obedecer a su voluntad, nos permite aprender a vivir con Dios, y así nos daremos cuenta que su amor siempre está presente, en cada acontecimiento.

Debemos tener bien claro que el camino de la alabanza es una vía espiritual muy profunda que permitirá al Señor cambiar nuestra vida. Quizás algunas veces serán alabanzas eufóricas, potentes, llenas de gozos y a viva voz, otras, quizás sean en susurro o entre dientes, pero más allá de la circunstancia o tu  estado de ánimo, no dejes de alabar al Señor. Que se haga realidad lo que nos regala el Salmo 34, 2 cuando dice:

Bendeciré al Señor en todo tiempo, su alabanza estará siempre en mis labios”.

Recuerda siempre que nuestro Dios, no tiene agenda. Para estar con Él no es necesario pedir audiencia previa. Él siempre te recibe. El Prefacio de la misa dice: “Aunque no necesitas de nuestra alabanza nos concedes el don de darte gracias”, y, de esa alabanza que se eleva, Dios la recibe y la devuelve como lluvia de bendiciones.  

¿POR QUÉ MOTIVOS DEBEMOS ALABAR A DIOS?

  • Por lo que Él es : “ Gracias Señor por lo que eres”.
  • Por lo que hizo: la Creación
  • Por lo que sigue haciendo: La Salvación
  • Como respuesta del amor infinito y gratuito de Dios.
  • Por ser conscientes de sentirnos necesitados, ante nuestra propia debilidad.

Cuando alabamos, apartamos la mirada de nosotros mismos, volviéndola hacia Dios, para que Él nos impregne de su luz.

La alabanza implica un esfuerzo, un sacrificio,“ofrezcamos sin cesar a Dios un sacrificio de alabanza, es decir el fruto de los labios que confiesan su Nombre”  (Hebreos 13, 15).

¿A QUIEN ALABAMOS?

Alabamos a este Dios creador que es Padre, que es Hijo y que es Espíritu Santo. Oración trinitaria, se alaba al Padre por medio de Cristo Jesús, presente en la comunidad reunida en su Nombre por el Espíritu Santo.

¿COMO DEBEMOS ALABAR A DIOS ?

  • Con todo el corazón (Salmo 111, 1).
  • Con la lengua (Eclesiástico 51, 22).
  • Con alegría, gozo y júbilo (Salmo 33, 11 –  Salmo 95, 1-3).
  • Con cantos (Salmo 92, 2 – Salmo 47, 7;  98, 4).
  • Con instrumentos (Salmo 150; Salmo 98, 5-6;  95, 1-3).
  • Con danzas (Salmo 150, 4; Éxodo 15, 20).
  • Alzando las manos (Salmo 63, 5).
  • Con entendimiento (Salmo 89, 16).

Y a todo esto le puedes agregar todo aquello que el Espíritu Santo te vaya revelando cuando te goces en la presencia del Señor.

DISPOSICIÓN PARA ALABAR A DIOS.

El Señor conoce mejor que nadie tus necesidades, tus preocupaciones, tus anhelos, lo que llevas en la “mochila de la vida”. Entonces, cuando te predispongas para alabarlo, deja a sus pies todas esas cargas, y entrégate pleno a la alabanza dirigida al corazón de Dios, porque, cuando te dedicas a sus cosas, Él se encarga de las tuyas, aunque a simple vista no veas aún los resultados.

En la alabanza pongo mi confianza en el Señor y lo miro a El, sin apoyarme tanto en mis propias fuerzas. Lo alabo consciente de mis debilidades y limitaciones, teniendo confianza en que Él me fortalece ante las tentaciones.

FRUTOS DE LA ALABANZA

Se experimenta la fuerza liberadora del Señor (Hechos 16,19-31) para ser libres de las cadenas que nos atan al hombre viejo.

La alabanza renueva nuestras fuerzas para romper los muros de las propias cárceles cavadas en carne viva por la depresión, la angustia, la soledad o el dolor.

Nos hace tomar conciencia del compromiso de vivir como auténticos cristianos  dejando de lado el actuar indiferente para con los mandatos del Señor.

Desplaza el “yo”, es decir desplaza al hombre como centro de la escena, y coloca al Señor como único centro de nuestra acción.

Gozo y presencia de Dios: la alabanza nos hace vivir en continua presencia de Dios y es nuestra fortaleza ante las vicisitudes de la vida.

Promueve la sanación interior: aún antes de la petición concreta en medio de la alabanza, el Señor comienza a realizar profundas sanaciones en todo tu ser.

La alabanza nos hace tomar conciencia de que debemos fijar nuestros ojos en Dios y su hermosa creación. Una vez leí que a las personas que sienten vértigo al contemplar un abismo que está debajo de sus pies, reciben el consejo de mirar hacia el cielo en lugar de mirar hacia abajo. En realidad, esta actitud es el principio de la alabanza:“A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo “ (Sal. 123, 1)   

Llevando una vida de alabanza podremos comprender lo que dijo San Pablo: “No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí “, y también lo que dijo San Agustín: “No oro yo, sino que es Cristo que ora en mí"

 Alaba y confía en el Señor, y tendrás la certeza de su promesa según lo relata el  profeta Isaías 41,9-10:

“Tú eres mi servidor, yo te elegí y no te rechacé. No temas porque yo estoy contigo, no te inquietes porque Yo soy tu Dios, yo te fortalezco y te ayudo, yo te sostengo con mi mano victoriosa”.

Toda alabanza, gloria y honor a nuestro Señor.      

Textos bíblicos: Biblia “El Pueblo de Dios”

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