La oración personal: ¿Pasó de moda?

La oración personal: ¿Pasó de moda?

La oración personal ¿Pasó de moda?. En nuestros inicios entre las  primeras enseñanzas cuando empezábamos a participar en el grupo de oración, y cuando el impulso del Espíritu empezaba a movilizar nuestros corazones, se nos explicaba que además de participar de la oración comunitaria era importantísimo tener también oración personal, algo tan vital para nuestra vida espiritual como el aire que respiramos. Pero pasa el tiempo y al realizar las encuestas en nuestros grupos, a nivel de colaboradores y servidores, en relación a si se sigue orando como en los primeros tiempos, cuando nació aquel “primer amor“, la respuesta es dubitativa, las excusas aparecen, y la conclusión sincera no tarda en aflorar:  aflojamos, ya no es lo mismo. 

Bueno a no desanimarse, compartimos en esta nota un artículo de la revista Koinonia de la Comunidad Siervos de Cristo Vivo, aquella del Padre Emiliano Tardif, que nos ayudará y mucho a refrescar elementos vitales de la oración y el porqué de su necesidad. Cuando terminas de leerla te sugiero la meditas en silencio, veas tu situación, y con fe pidas Espíritu Santo para que renueve tus fuerzas y sople con poder en tu corazón.

A) “ORAR SIEMPRE SIN DESFALLECER" (Lc 18, 1)

Uno de los frutos más inmediatos de la efusión del Espíritu es el gusto por la oración, al mismo tiempo que una gran necesidad de orar. Tras el descubrimiento o más bien, experiencia de sentirse amado por el Señor, el alma añora momentos de estar más a solas con El. Empezamos a comprender el anhelo del salmista:

“Tiene sed mi alma de Dios, del Dios vivo" (Sal 42, 3)

“¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos!”

“Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo”.

“… Dichosos los que viven en tu casa alabándote siempre”.

“Vale más un día en tus atrios que mil en mi casa"(Sal 84,1-13).

A partir de este momento cambia para muchos cristianos el problema de su vida de oración. Los que la practican experimentan una renovación en la oración; los que apenas si oraban o nada más recitaban sus oraciones empiezan a descubrir la oración y a entrar por sus caminos.

Toda la insistencia del Evangelio y del Nuevo Testamento de ser “perseverantes en la oración" (Rom 12,12), de “orar constantemente" (1 Ts 5, 17) resulta fácil de cumplir.

La vida del cristiano es lo que es su oración. Si no hay oración, no hay vida. Cual sea la oración, floja o ardiente, así será el tono de su vida. Uno de los mayores males que hoy sufren los cristianos y la Iglesia, en general, es la decadencia en la oración individual a la que hemos llegado. Muchos cristianos se sienten dispensados de esta necesidad por la renovación que ha experimentado la liturgia.

Otros, por la revalorización de la acción y del compromiso por el servicio al prójimo. Y esta crisis se acusa en las comunidades religiosas hasta el punto de que se deja menos tiempo para la oración, e incluso durante el tiempo reservado a la misma, que antes se consideraba sagrado, se celebran reuniones para tratar asuntos de la vida de comunidad o del trabajo específico que realiza. Incluso en aquellas comunidades en las que aún se respeta esta observancia, muchas personas pasan el tiempo de la oración simplemente meditando, sin llegar a una comunicación y diálogo personal con el Señor. Otras, incluso aprovechan la ocasión para leer algún libro piadoso, que fácilmente puede ser la última novedad que ha salido de teología o de pastoral o el artículo de una revista.

B) MANTENER LA LAMPARA SIEMPRE ENCENDIDA (Lc 12,35)

Las mayores dificultades para la oración son de tipo personal e interno. La principal es cuando permanecemos en estado de infidelidad contra Dios, o por pecados deliberados que corrientemente cometemos y nunca nos arrepentimos, o por arrepentimiento insuficiente.

De aquí derivan los estados de desgana, o de falta de inquietud espiritual, en los que no se experimenta hambre de Dios y se vive en tibieza constante. Nuestro estado psicológico en relación con el Señor es algo así como cuando estamos reñidos con una persona: evitamos el trato porque nuestro interior se resiste al encuentro, a dar la cara y a la reconciliación. Para llegar al restablecimiento de la confianza, y sobre todo de la amistad y del amor, tiene que mediar un diálogo, que a veces tiene que ser largo y muy sincero. Solamente a partir de este encuentro puede empezar a fluir espontánea y fácil la oración.

A las personas que manifiestan lo difícil que les resulta orar porque “no sienten nada", porque “no se pueden concentrar", etc. etc., hemos de llevarles siempre a la raíz de las mayores dificultades para la oración. Y para esto han de empezar a orar humildemente y con fe al Espíritu Santo. En realidad no hay estado de tibieza, sequedad o desgana, de falta de anhelo espiritual, del que no se pueda salir en muy poco tiempo, a veces en muy pocas horas, orando ardientemente al Espíritu.
Pero para esto habrá que insistir en el arrepentimiento. La calidad de la oración cristiana depende en proporción muy considerable del arrepentimiento. Es un gran error darlo por supuesto. De nuestra psicología lo único que puede surgir es el sentimiento de culpabilidad, que angustia, oprime y acobarda ante Dios y no libera. El arrepentimiento es purificación y lavado interior, que ablanda el corazón endurecido y pone el espíritu en actitud de alerta y apertura a Dios.

C) ENTRA EN TU APOSENTO Y CIERRA LA PUERTA (Mt 6,6)

Entrar en nuestro aposento y cerrar la puerta para orar al Padre “que está allí en lo secreto" exige silencio exterior e interior.

El silencio exterior supone no sólo la ausencia del ruido que nos puede impedir o distraer tanto la concentración necesaria, sino también la ausencia de otros excitantes en los que a veces no reparamos.

El silencio interior tiene aún más importancia. Lo primero que se requiere es el silencio del corazón: todo estado de nerviosismo, cualquier choque emocional, cualquier alteración fisiológica de ordinario repercute en el corazón, acusando la falta de silencio. Hay que relajar el corazón de la agitación que producen las emociones y sentimientos.

Cuando empezamos a entrar en oración profunda enseguida experimentamos que nuestro corazón necesita purificación, y recordamos la doctrina de Jesús: “De dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas… todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre" (Mc 7,21-23). “Los limpios de corazón verán a Dios" (Mt 5, 8), y para poder nosotros ir “tras su rostro sin descanso"(Sal 105,4; 24.6) necesitamos esa limpieza progresiva y constante del corazón y que el Señor prometió en su Palabra hablándonos de un corazón nuevo (Ez 11, 19; 36, 26) y de “un corazón contrito y humillado" (Sal 51, 19).

Sosegado y purificado el corazón es más fácil el silencio de la mente: quitar de la mente ideas, preocupaciones, pensamientos y las mil cosas que constantemente van a estar durante la oración tratando de invadir nuestra consciencia y acaparar la atención y distraernos del objeto que ha de centrar la oración: el Señor ante el que nos hemos presentado.

D) EL ESPIRITU VIENE EN NUESTRA AYUDA

En la oración no andemos con vaguedades. Nos dirigimos directamente a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo. Es el Dios que se nos ha revelado en el Verbo hecho carne. Cada vez que oramos hemos de entrar un poco más en comunión con el misterio de Dios Trino.

Si la oración es movida por el Espíritu, y para nosotros no cabe otra forma de orar, de tal forma que El lleve la iniciativa, es decir, que nos dejemos guiar por sus insinuaciones y mociones interiores, por su toque suave, más que por nuestras ideas y pensamientos, sin duda que nos llevará a alabar al Padre y al Hijo, y a darle gracias a Él, el Espíritu de la verdad, que en nosotros “da testimonio de que somos hijos de Dios" (Rm 8, 16) intercediendo por nosotros con gemidos inefables.

Para el cristiano esta es el alma y el secreto de la oración y no es posible hallarlo en otra parte.

En toda la Sagrada Escritura se nos presenta la oración como un diálogo íntimo con Dios en el que se da una respuesta profunda de amor personal, un permanecer contemplativo en la presencia de Dios y un rendirse al Espíritu buscando incesantemente la voluntad de Dios.

Pero no siempre la oración es personal. Con frecuencia son nuestras ideas las que oran, no nosotros. Otras veces lo que hacemos es más bien hablar a nuestro concepto del Señor, pero en realidad no nos abrimos a su presencia personal. También es posible que nuestro ser íntimo más profundo no esté presente en el diálogo. El Señor llega a nosotros, pero nosotros podemos seguir vagando por entre nuestras preocupaciones, fantasías, planes, distracciones.

Si la oración es personal, hecha con la mente y el corazón, podemos llegar a experimentar el amor personal de Dios, cosa que con frecuencia reconocemos con la mente, pero que quizá nunca experimentamos de verdad. Para esto el Espíritu nos invita a una apertura cada vez más personal a su amor. Entonces la oración se convierte en intercambio de amor, en un sumergimos en su presencia porque nos damos nosotros mismos de verdad a Él y ya no nos quedamos tan sólo en el campo familiar de nuestras preocupaciones y problemas.

Pero hagamos una oración insistente y ardiente que sea como un grito que sale del alma. Esto hace actuar más nuestra fe. Y así también debe ser la oración, afectiva. El ímpetu y la vehemencia de los dos ciegos de Jericó (Mt 20, 29-34) y la insistencia de la siro fenicia (Mc 7. 24-30) es lo que muchas veces necesitamos.

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