Tolerancia en la RCC

Tolerancia en la Renovación Carismática

por Tomás Forrest, C. Ss. R

Siendo muchas las cosas buenas que suceden en la Renovación Carismática, todavía podrían suceder más si nos concentrásemos en los frutos del Espíritu Santo tanto como en sus dones. Los dones nos ayudan a llevar a otros al Cuerpo de Cristo, pero los frutos nos hacen resplandecer a nosotros mismos como partes de ese Cuerpo. Uno de esos frutos es la paciencia (Ga 5, 22), y una expresión vital de la paciencia es la tolerancia. 

El diccionario define la tolerancia como “respeto y consideración hacia las opiniones o prácticas de los demás; margen o diferencia que se consiente en la calidad o cantidad de las cosas". 
Una dosis abundante de tolerancia no haría ningún daño a la R.C. La tolerancia nos enseña a dar cabida a las equivocaciones de los demás, y protege nuestro derecho a hacer las cosas de una manera diferente, quizás mejor o peor que los demás. Básicamente preserva a cualquier persona o grupo de considerarse la medida de si los demás lo están haciendo bien o no, y nos ayuda a evitar las inútiles comparaciones (Ga 6, 3 -4). 

Veamos algunos ejemplos de intolerancia en la Renovación Carismática

1) ENCAJONAR LA RENOVACIÓN

Algunos tratan de encerrar la Renovación en la estrecha caja de sus propias experiencias, dones, ministerios, o, lo que es peor, inclinaciones personales. 

Pero un modelo único, una única dirección, una única expresión para la R.C. no va al paso del Espíritu Santo y está en contra de la naturaleza de los dones como llamadas personalizadas (Ef 4, 11; Rm 12 4-8; I Co 12, 4-11). Ser un sacerdote redentorista, por ejemplo, no me permite despreciar a los laicos en la Iglesia ni criticar a los demás sacerdotes por no ser ellos también redentoristas. Mi llamada y mis dones no son necesariamente los suyos, y aunque yo pudiera demostrar que mi camino es objetivamente mejor, esto sin embargo no lo haría obligatorio para los demás. 

Como Jesús muestra en la parábola de los criados con diversos talentos (Mt 25, 14ss.), mi tarea es hacer las cosas lo mejor que pueda según mi llamada y mis dones, no hacer las mismísimas cosas y tan bien como cualquier otro. Y, a su vez, mi éxito no se convierte en la norma del éxito de los demás.

Sin duda que todos nosotros hemos sido llamados a las alturas de la santidad (Mt 5, 48), pero esto no quiere decir que el Padre Eterno nos dé de plazo solamente hasta mañana al mediodía para llevar a cabo toda la tarea. Él entiende, e incluso tiene previsto, que nuestra lucha pueda durar otros diez años, o quizá el resto de nuestra vida y, además, un poco de Purgatorio. 
Por tanto, es importante ser tolerantes con nosotros mismos, con los demás y con Dios mismo. 
Tolerantes con nosotros mismos, pues aunque algunos puedan estar muy por delante de nosotros con dones más espectaculares, esto, no significa que de alguna manera competitiva agradan más a Dios. 
Tolerantes con los demás, ya que mis ideas e ideales, mis dones y mi llamada no son necesariamente la norma y el camino para ellos.
Y tolerantes con Dios, porque nada le obliga a hacer las cosas a mi modo, a dejarse llevar por mis inclinaciones, o a usar de mí y moverme tan rápidamente como lo hace con otros. Dios es el último a quien podemos encajonar en una caja estrecha, y ciertamente no en la caja de nuestros propios gustos o antipatías. Si el criterio para el discernimiento espiritual fuera el “no me gusta", el don de lenguas y quizá algunos otros dones auténticos no habrían encontrado espacio. 
A través de la tolerancia, a todos se nos permite desarrollar nuestra propia función libremente, según nuestras posibilidades y circunstancias, precisamente en el modo en que Dios lo planteó.

2) PRETENDER POSEER UNA VISIÓN TOTAL

Aunque yo creo que somos parte de una nueva efusión del Espíritu Santo que tendrá éxito en la renovación de la Iglesia, no creo que ninguno de nosotros tenga una visión completa de cómo o de cuándo exactamente vaya a suceder todo. 
Cada uno no es más que una pieza de un divino rompecabezas y ha recibido una misión específica, pero no conoce el plan de Dios para colocar todas las piezas en su sitio, o si esto va a suceder dentro de un año, de una década, de un siglo o dos. 
Es algo como un carpintero, un albañil, un electricista y un encargado de la grúa, que trabajan en distintas partes de un mismo edificio en construcción, con el arquitecto que es el único que ve todos los planos completos. Ninguno de nosotros es ese arquitecto. 
Cada uno debe discernir de qué manera quiere Dios usar de él en ese momento, pero cualquiera que piense que puede ver todo el camino hasta el resultado final, se está preparando para encontrarse con sorpresas. El pensar que puedo ver claramente cómo Dios hace todo, significa que me estoy viendo a mí mismo demasiado en el centro, mientras que en realidad no soy más que una parte pequeña, aunque especial.

Aquellos que no pueden dejar todo el cuadro final en manos de Dios se convierten en especialmente intolerantes, demasiado seguros y demasiado en el centro de lo que ven para dejar espacio a las demás partes importantes del cuadro, diferentemente configuradas y ensambladas. A su último libro o enseñanza lo llaman la última palabra, mientras que la última palabra sigue siendo la prerrogativa de un Dios tan lleno de sorpresas que es siempre un misterio (Is 5, 8-9).

3) EL MÉTODO DEL “O… O…”

La idea de que “o tu camino, o el mío es correcto" es frecuentemente equivocada. A menudo, tu camino será indicado para ti y el mío indicado para mí. Y si pusiéramos juntos ambos caminos, en un esfuerzo unificado, podríamos llegar a formar un gran equipo. 
Recuerdo un país en el que los líderes de un centro estaban adoptando un método de Renovación muy intelectual mientras el método de los líderes de otro centro se basaba en la experiencia. Ambos grupos perdieron tiempo y esfuerzos preciosos, cada uno atacando los errores del otro, mientras que el único error era el no haber visto que cada uno necesitaba del otro. Un grupo estaba produciendo una magnífica literatura carismática y una admirable serie de enseñanzas, mientras que el otro tenía grandes dones de alabanza, música, alegría, amor y oración. No era cuestión de “o… o… “, sino más bien de que ambos trabajaran juntos como partes claramente diferenciadas del mismo cuerpo. 
Un perfecto punto de encuentro para un montón de nuestras diferencias está muchas veces en el medio, un punto alcanzado tras un humilde compartir y tras dejar que las ideas y direcciones de uno equilibren y corrijan las del otro.

4) CONFUNDIR LA CULTURA

La tolerancia hace que nos mantengamos pacientes con ciertas expresiones culturales de la R.C. que uno encuentra difícil de apreciar. La Renovación es un fenómeno universal, y las distintas partes del mundo son muy diferentes. 
Yo he visitado 80 países, y aunque evidentemente es el mismo Espíritu Santo el que actúa en todas partes, hay una exquisita variedad cultural en sus acciones. 
Un ejemplo es una inolvidable liturgia en Costa del Cabo (Ghana). Cuando el diácono elevó los Evangelios en alto por encima de su cabeza para proclamar “Palabra de Dios", todos los presentes dejaron sus bancos, y con una magnífica sonrisa danzaron ante el altar por turno, con los brazos extendidos, haciendo una profunda reverencia a la Palabra de Vida. Es el ejemplo más hermoso de danza litúrgica que yo he visto.
Pero eso no quiere decir que nosotros podamos o debamos esperar ver el mismo hecho en un monasterio copto, en el monte Sinaí, o en la catedral de Munich. Algo que es hermoso para África no se convierte en ley para otro lugar: pero algo que está fuera de lugar en un monasterio no es, a su vez, necesariamente equivocado para África. 
Dios sabe quiénes somos y dónde nos encontramos, incluso mejor de lo que sabemos nosotros mismos, y nos trata de conformidad con ello, con una libertad y variedad de acciones muy sensible a la cultura y limitada solamente por la única ley de actuar siempre con amor. El modo como Él toca y conduce a cada persona no se convierte nunca en el modo como ÉL DEBE tocar y guiar a los demás. 
Los principios de doctrina y las prudentes prácticas de pastoral deben ser, sin duda, definidos claramente y seguidos por todos. Pero junto con la variedad de dones y de llamadas, la amplia variedad de preciosas culturas puede hacerlas maravillosamente provechosas allí donde existan, pero no siempre es posible repetirlas, y quizás incluso parece que sería equivocado exportarlas a otros lugares. 
En Oriente, el signo de la paz es solamente el juntar las propias manos, una dulce sonrisa y un intercambio de inclinaciones profundamente respetuosas. Pero en América Latina es un caluroso abrazo, y en Bélgica y Zaire un triple contacto de mejillas. No sólo la música y los estilos de alabanza siguen unas líneas culturales, sino también el estilo de enseñar, imitando el propio ejemplo de Cristo de adecuar sus palabras a la cultura de quienes le escuchaban.
En general, la tolerancia nos hace más lentos para juzgar y condenar otras culturas y mucho más rápidos para estudiarlas y gozar de ellas. Cada una es otro don del inagotable Espíritu Santo.

5) MOTIVADA POR EL PROPIO INTERÉS

Aunque tratada en último lugar, éste es el corazón del tema. 
La intolerancia tiene su raíz en los celos y en el orgullo, en el miedo a que los demás lo puedan hacer mejor, y en la inconsistente exigencia de ser considerados los mejores al ser seguidos por todos. 

“Si vivimos según el Espíritu -escribe san Pablo- obremos también según el Espíritu. No busquemos la gloria vana provocándonos los unos a los otros y envidiándonos mutuamente" (Ga 5, 25). 
Como Pablo da a entender en el capítulo 12 de la Primera Carta a los Corintios, el oído no puede tener celos del ojo porque no ve, y el ojo no puede ser intolerante con el oído que no ve. Cada uno es solamente una parte de un plan divino llamado cuerpo, uno viendo y el otro oyendo, para el bien común. 
Del mismo modo, cada uno de nosotros es una parte del más maravilloso plan divino llamado Cuerpo de Cristo, cuando nos dejamos llevar, no por el propio interés (Flp 2, 2-4), sino por el Espíritu de Dios, para servir uno al otro, gozando los unos del encanto de los dones de los otros.
San Cipriano mártir mostraba este tipo del espíritu cuando escribía a Camelia: 
“Hemos tenido noticia del testimonio glorioso que habéis dado de vuestra fe y fortaleza; y hemos recibido con tanta alegría el gozo de vuestra confesión, que nos consideramos partícipes y socios de vuestros méritos y alabanzas. En efecto, si formamos todos una misma Iglesia, si tenemos todos una sola alma y un solo corazón, ¿qué sacerdote no se congratulará de las alabanzas tributadas a un colega suyo, como si se tratara de las suyas propias? ¿O qué hermano no se alegrará siempre de las alegrías de sus otros hermanos?" (Epístola 60).
Si ese tipo de espíritu tolerante y generoso nos guiase siempre, las piezas del divino rompecabezas se deslizarían hacia su propio lugar muy rápidamente, y nosotros veríamos muy pronto renovado el magnífico cuadro de la Iglesia.

P. THOMAS FORREST, C.Ss.R. · 1927 – 2018

El P. Tom Forrest fue sacerdote redentorista y líder mundial de la Renovación Carismática.

Predicó a cientos de miles en unas ciento veinte naciones, y llevó a miles de jóvenes, religiosas, matrimonios, sacerdotes y obispos a una relación más profunda con el Señor. Fue miembro del primer Consejo de la Oficina de Comunicaciones Internacionales (ICO) en el que el Card. Suenens también se desempeñó como asesor episcopal. También fue director de la oficina de la ICO y más tarde presidente del Consejo Internacional. En 2003 recibió la Cruz de Federico Augusto, Pro Ecclesia et Pontifice del papa Juan Pablo II por su dedicado ministerio en la promoción de la nueva evangelización. Fue conocido por su gran amor y profunda pasión por Dios y por su pueblo.

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